Asumir los hechos, aprender a escuchar

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Para los que somos parte de la Iglesia, diversas reacciones nos surgen al recibir las noticias sobre la condena al sacerdote Fernando Karadima por abusos sexuales a menores. Ante los hechos de abusos y encubrimiento por parte de miembros de ésta, nuestra propia identidad queda en entredicho. La institución dedicada por antonomasia a la promoción del bien se convierte en perpetradora de crímenes atroces que destruyen vidas y confianzas. Pero los últimos acontecimientos -en sí positivos- de reconocimiento oficial de los hechos y condena, pueden hacernos caer en una interpretación simple de la realidad, que nos sumerge en el silencio y que no conduce a asumir la realidad de los hechos ni lo que nos toca aprender. Quedarnos callados, sin postura, o con palabras que diluyen la verdad no hace justicia a las víctimas y a la misión que se nos ha confiado.

Asumir los hechos es una experiencia de profunda renovación, constituyéndose en un desafío para quienes desean seguir con verdad el camino del Crucificado. Muchas cosas podemos aprender de lo sucedido. Por de pronto, me atrevo a mencionar uno de esos aspectos.

Volvernos en contra de nuestros propios protegidos nos debe comprometer decididamente a la escucha real y sincera de las víctimas. Es dejar que el abatido nos hable, permitir que su dolor y su herida penetren en nosotros. Es tomar conciencia de que fueron otros quienes acompañaron, escucharon y ayudaron a llevar esa carga que impusimos, ese daño que ocasionamos; mucho antes de que nos decidiéramos a abrirles la puerta. Esta escucha nos permitirá reconocer que no son meros afectados, sino que son realmente víctimas de nuestra infidelidad.

Como Iglesia, esa escucha profunda debe extenderse hacia todo aquél que ha sido sistemáticamente ignorado y no escuchado. Estar cerca de toda víctima que no ha sido tomada en cuenta. La escucha real nos debe poner nuevamente la mirada en los que sufren, en los encarcelados, los migrantes, los pueblos indígenas, las minorías, que han sido realmente dañadas con nuestra sordera. Debemos agradecer toda vez que esas minorías nos abren la puerta y nos permiten acercarnos y escuchar, para aprender de sus luchas y fatigas. Ellos, con su confianza, reparan nuestra inseguridad.

Escuchar también a los laicos. Desde los que se alejaron hace rato de nosotros con justas razones hasta quienes nos estremecen perseverando en su fidelidad. Ellos han puesto su fe, afortunadamente, en Dios y no en nosotros. Ellos saben lo que no sabemos o lo que nos cuesta entender: que Dios les habla en el día a día y que se acomoda a las diversas situaciones de la vida, situaciones que los clérigos hemos calificado como irregulares, sembrando culpas no reparadoras. Debemos devolver, mediante la escucha real, ese poder que impropiamente hemos arrebatado.

Los últimos sucesos nos remecen, tanto a obispos, sacerdotes, religiosos y a todos los fieles. Ponen en cuestión y fracturan necesariamente un modo de hacer Iglesia y, al mismo tiempo, nos ofrecen una oportunidad para volver a poner la mirada y los oídos hacia donde nunca debimos desviarlos: en Dios, o lo que es lo mismo, en nuestros hermanos.

Desarrollador Web y Co-Fundador de Territorio Abierto. Licenciado en Filosofía y magíster en Filosofía de la Mente, del Lenguaje y la Cognición de la Universidad Alberto Hurtado. Actualmente cursa un doctorado en Filosofía en la Universidad de Missouri, Estados Unidos.

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