Todos deseamos la alegría, por supuesto, y claro que yo me veía contento. Pero sentía que Jesús no me invitaba a quedarme en ese estadio. Entendí que el llamado que Él me hacía no implicaba, forzosamente, vivir feliz.
La migración pone el dedo en la llaga y es la llaga misma. Ella nos recuerda que el dolor lo padecen seres humanos y que nuestra sociedad, que valora la asepsia y el éxito personal, está caducando. Urge enderezar nuestros senderos.