Cuando el consumismo genera violencia

Tras las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, las denuncias por violencia intrafamiliar grave con riesgo vital aumentaron considerablemente en nuestro país. Casi todas las denuncias fueron hechas por mujeres que, en un acto desesperado y quizás después de años de maltrato, acuden a Carabineros o al Centro de la Mujer de su comuna para pedir ayuda. En ocasiones, hacer la denuncia cuesta toda una vida de dudas y golpes. Implica que la pareja se enoje y, en la mayoría de los casos, los golpes vuelvan con más fuerza. Por eso, al momento de denunciar ya no hay vuelta atrás. La mujer debe calcular todo con cuidado, para que sin que su pareja se dé cuenta, ella haga el bolso y, en el momento menos esperado, abandone el hogar con sus 3 ó 4 hijos. Hay veces en que no alcanza a hacer el bolso, no alcanza a sacar su ropa ni la ropa de los niños. Hay veces en que ni siquiera alcanza a sacar los documentos ni los remedios.

La denuncia por violencia intrafamiliar grave con riesgo vital implica amenazas de muerte, intentos de homicidio, daños a la integridad psicológica o lesiones graves como golpes y cortes. Para estas mujeres se trata de heridas que requieren puntos y cicatrices que se cargan por toda la vida, pesadillas en donde los cuchillos y la sangre son los protagonistas. Es el terror de salir a la calle por miedo a encontrárselo. Es sentirse incapaz de mantener a la familia, tener ganas de morir, perder la identidad. Es amar a la pareja y odiarlo al mismo tiempo.

Nuevas formas de malestar

Si bien la violencia ha existido desde siempre, en la actualidad nos encontramos frente a una violencia que no se sostiene en lógicas ni códigos, que no tiene fronteras ni otro fin que la violencia misma. Antes, era la violencia de las religiones, de las revoluciones, de las guerras entre naciones. La violencia actual se expande sin límites e irrumpe sin estrategias, desprovista de los marcos ideológicos de antaño que le daban un sentido. Esta violencia podría considerarse uno de los efectos de la agonía o el derrumbe del proyecto moderno.

Si la meta continua siendo fomentar el consumo como medida de felicidad y justicia, entonces la victoria será una ilusión. El consumismo está generando síntomas hostiles, que aparecen de manera agresiva. El problema es estructural y, como parte de la estructura, nos corresponde a todos.

La violencia intrafamiliar aparece en este nuevo contexto como un síntoma social, del que poco a poco empieza a hablarse y destaparse, pero que hasta hace unos años era mudo. Me refiero a síntoma porque revela una presencia en ausencia y denuncia un malestar. La violencia se convierte en un envoltorio que da cuenta de una historia conflictiva y angustiosa, de un problema social que como todos los malestares y sufrimientos es necesario ocultar  y desconocer para asegurar el bienestar del sistema.

La violencia como síntoma pretende encubrir los conflictos que enfrenta el sujeto contemporáneo. Una identidad frágil, la carencia de pasado, la angustia de futuro, el falso bienestar y las relaciones mercantilizadas, generan incertidumbre, inseguridad, sensación de vacío y adicciones. En palabras de Lacán, «promueven la pulsión de muerte, la destrucción y  la autodestrucción». En la confusión, el único soporte de arraigo y seguridad es el mercado, que se funda como la principal fuente de felicidad, adquiriendo de manera cómoda y fácil objetos o bienes, ocultando el intento siempre fallido de dar al sujeto lo que le falta.

En Navidad y Año Nuevo florece el mandato social que nos invita a consumir. Comprar los regalos, preparar la cena y la fiesta. La fecha promueve la sensación de bienestar y de placer, pero en muchas familias el mandato no logra cumplirse. Los bajos ingresos, el desempleo, los trabajos precarios, el endeudamiento y el estilo de vida con límites confusos, propicia indudablemente la tensión, la ansiedad, la frustración y la agresividad. Muchas veces se carece de habilidades para resolver los conflictos y termina provocando pautas de relación violenta dentro de las familias.

Mujeres en casas de acogida

Como en estas fechas aumentan las denuncias por violencia intrafamiliar, aumentan también las mujeres y los niños que ingresan a programas proteccionales dispuestos por el Servicio Nacional de la Mujer. En la casa de acogida en la que trabajo, aumentaron de 12 a 18 las mujeres, en menos de dos semanas. En el caso de los niños, el número se duplica. Las primeras intervenciones ayudan a contener el malestar del desarraigo que implica dejar sus antiguas vidas, acompañar las culpas frente al daño causado a los hijos, limpiar las heridas que dejaron los garrotes y los puños y escuchar atentamente, una y otra vez, las historias llenas de dolor y carentes de emoción. Historias planas sin expresión, llenas de traumas que desconectan los afectos.

Cuando a las mujeres que ingresan a casas de acogida se les pregunta cómo pasaron la Navidad y el Año nuevo, recuerdan noches tristes, donde sus parejas nuevamente se ahogaban en el vino y en la rabia por «la vida que les tocó». Ellas, mientras, escuchaban con miedo por no poder hacer frente a esa angustia que generó el consumismo de la fecha y que sus familias no pudieron enfrentar.

Si la meta continua siendo fomentar el consumo como medida de felicidad y justicia, entonces la victoria será una ilusión. El consumismo está generando síntomas hostiles, que aparecen de manera agresiva. El problema es estructural y, como parte de la estructura, nos corresponde a todos.

Psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en Hogar de Cristo. Vicepresidenta Apostólica de CVX Jovenes Santiago.

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