De la justicia y de Dios

(cc) nomadicactivity.blogspot.com

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Hoy en día se habla mucho de la justicia como si fuera un término que todos entendemos de la misma forma. Nadie diría que está a favor de la injusticia, sino todo lo contrario: cualquiera afirmaría que busca un mundo cada vez más justo para todos. Sin embargo, si se entra en una discusión sobre algún tema social candente, como la pobreza, la inmigración o el aborto, se notará en seguida que no compartimos las mismas ideas sobre qué significa la justicia; es más, incluso en ocasiones tendríamos visiones contrapuestas.


Una de las definiciones más sencillas de la justicia es dar a cada cual lo que le corresponde. Pero esta interpretación deja mucho que desear, ya que no se toma en cuenta si lo que le corresponde a cierta persona favorecerá o perjudicará a otro.  Por ejemplo, si se le cierra la frontera al migrante para no rebajar el sueldo al oriundo del pueblo, ¿hacemos justicia?  Si respetamos los derechos reproductivos de la mujer sin tomar en cuenta el derecho a nacer de la criatura en su vientre, ¿hacemos justicia?

Según entendemos lo que le corresponde a cada cual, daríamos una respuesta distinta a cada una de estas interrogantes.  Muchas veces se le da preferencia a un grupo más que a otro según cómo entendemos la justicia. Para escaparnos de esta encrucijada, Santo Tomás de Aquino señala que actuar con justicia no es sólo dar lo que corresponde a cada cual, sino que requiere también hacer el bien y evitar el mal. Por más bueno que sea darle lo que le corresponde a alguien, es preciso ver si al darle aquello no cometemos algún mal. Pero si aceptamos esta forma de ver la justicia, nos toca explicar qué entendemos por bueno y qué entendemos por malo.

Aunque antes se recurría a la filosofía o a la teología para dar respuesta a estas preguntas, hoy en día estos campos suelen influir cada vez menos en nuestra forma de ver el mundo. Por más que muchas instituciones educativas insisten en la formación de valores, la realidad es que existen influencias mucho más fuertes que los van configurando.  A veces sin darnos cuenta, se van formando nuestras definiciones de lo bueno y lo malo por medio de los comentarios de nuestro blog preferido, por el anuncio comercial de una empresa multinacional o por el último discurso de una candidata política.

Como seguidores de Cristo, quizás podemos ver lo que nos dice Jesús con respecto a lo que es bueno. En su respuesta al joven rico, le comenta: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el bueno» (Mt 19:17).  En el fondo, lo bueno no se resume en una serie de reglas o indicaciones, sino en una persona: Dios. Por lo tanto, penetramos en lo verdaderamente bueno no por seguir la opinión de la mayoría o por lo que dicen los expertos en un tema u otro, sino solamente al formar una relación personal con Cristo. Al dejar que Cristo viva en nosotros, actuaremos con justicia, haremos el bien y evitaremos el mal.

Al final de cuentas la justicia cristiana se basa en el amor de Dios. En cuanto vivimos en relación con Él, el amor de Cristo nos forma y nos transforma. Así entenderemos la justicia de una manera que trascienda los conflictos de los derechos de unos contra los derechos de otros o la aplicación ciega de reglas y leyes, para poder respetar la dignidad de cada persona creada a imagen y semejanza de Dios.  Ya no se valen las respuestas fáciles que tachan a unos de malos y a otros de buenos, sino que se nos exige ver más allá de nuestros prejuicios personales. Al salir de nosotros mismos, tomaremos decisiones que reflejan el amor y la justicia de Dios.

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