El cliente no siempre tiene la razón

(cc) TheeErin

Hace un tiempo atrás, me sorprendió mucho el escuchar la historia de un colegio particular privado al cual un par de apoderados fue, muy molesto, para reclamar al rector por el estado etílico en el que uno de sus hijos había vuelto a casa después de una fiesta en casa de unos amigos. Ante esto, se me vino a la cabeza la imagen de las hoy conocidas oficinas de servicio al cliente que existen en la gran mayoría de las casas comerciales, en las cuales rige el tan repetido y a ratos odioso lema: El cliente siempre tiene la razón.

Las reglas y conductas que ha promovido el mercado han permeado tan profundamente en nuestra cultura que, poco a poco, todos los aspectos de la sociedad parecen estar sometidas a estas. Lentamente, el modo en que nos relacionamos con problemáticas como la salud, la política, la educación y las relaciones personales, se han ido convirtiendo en una suerte de servicio al consumidor. Todo lo que no nos place, lo defectuoso, lo problemático pasa a ser responsabilidad de un tercero que, por alguna extraña razón pareciera nunca dar solución satisfactoria a nuestros problemas.

A partir de esto, quizás inconscientemente, hemos comenzado a exigir al Estado, políticos,  profesores, pastores, familia, a nuestra pareja o a nuestros amigos, una serie de cargas unilaterales, como si estos fueran meros prestadores de servicios, formando así una cadena de reclamos y malestares que parecieran no tener fin. No es que esas instituciones no tengan responsabilidades, pero ¿hasta qué punto nos preguntamos hoy cuáles son nuestras responsabilidades frente a un problema, en vez de enrostrar las falencias de los otros?

Esta conducta que, aunque a ratos inofensiva (como cuando comentamos entre amigos el rendimiento del D.T. de nuestro equipo), puede ser tremendamente nociva cuando se aplica a situaciones tan privadas y delicadas como lo son las relaciones humanas o la educación. No basta con gritar contra el sistema capitalista, culpar a los pastores por las falencias de nuestra Iglesia o reclamar al profesor por las fallas de nuestros hijos. Hoy, quizás más que nunca, tenemos que volver a lo que ya pensadores como Sócrates promovían hace miles de años: el autoexamen como parte fundamental de la vida privada y de la construcción de una sociedad. Todo ser humano, y sobre todo el  cristiano, requiere de reflexión, de interioridad, de espacios que permitan que nos encontremos con lo mejor y con lo peor de nuestro ser y con los sentimientos y movimientos que nos produce el contexto en que vivimos. Solo así seremos capaces de tomar la distancia necesaria como para, conscientes de nuestros problemas, poner los medios necesarios para generar las respuestas que el mundo hoy necesita. El cliente, en definitiva, también debe hacerse responsable de sus actos.

Importante: Recuerda que, al comentar una columna, aceptas las reglas y directrices de nuestro blog. Todos los comentarios serán sometidos a moderación por parte del equipo editorial.