El fracaso de la cárcel

carcel-1El incendio que afectó al Centro de Detención Preventiva de San Miguel (CDP) en el año 2010, además de dejar a 81 reos muertos y destruir la torre 5 del complejo penitenciario, hizo surgir una serie de interrogantes sobre las estrategias para enfrentar la delincuencia en el país. Tras el siniestro, la torre fue reconstruida bajo altos estándares de calidad, asegurando las rejas, dejando poca luz y limitando el acceso a los espacios comunes.

En octubre de 2013, las internas del patio 2 del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín fueron trasladadas a la restaurada Torre 5 de San Miguel. Entre ellas se encontraba Luciana, nacida y criada en Buenos Aires, la ciudad más grande y poblada de la República Argentina, y polo económico de la región.

Hace siete meses, con 44 años y cuatro hijos, Luciana fue detenida en Chile por dárselas de burrera, de mula, de microtraficante de cocaína. Se embarcó en el negocio sabiendo lo mucho que arriesgaba, pero a la vez confiando en que aumentaría sus ingresos y así podría mejorar la vida de sus hijos. A Luciana le gusta dormir, pero desde que está en el CDP de San Miguel casi no duerme. Ingresó a la peni con miedo y culpa. Le teme a lo extraño y se siente culpable por sus afanes de riqueza. Todo es desconocido para ella, y su identidad no responde a las necesidades de su nueva categoría social. La mujer entra en crisis y necesita redefinirse. Ahora todo lo que ella es se limita a su calidad de imputada: su rol, su rostro, su nombre. En adelante será definida por un estigma y tendrá que ir identificándose con él y transformando su vida. La cárcel modelará su identidad de manera de hacer desaparecer sus rasgos. En palabras del sociólogo canadiense Erving Goffman[1], la institución total pretenderá mutilar al yo, levantando barreras entre lo interno y lo externo, absorbiendo al sujeto dentro de una masa indisoluble y promoviendo la homogeneización de la identidad. Se establecerán rituales y estructuras que le recordarán constantemente a Luciana ese estigma y la irán acompañando e interpelando en su propia transformación: de ser una mujer en libertad pasó a ser una nueva, carente de ella.

La cárcel está encerrando a «los estigmatizados» y los está modelando para que sean aún más «estigmatizados». Está recreando, traspasando, educando a la población, construyendo identidades más violentas, más denigradas, más desiguales y más temerosas.

Cuando Luciana ingresó a la cárcel comprendió rápidamente que sus antiguos modos de relacionarse, su forma de estar en el mundo, estaban siendo amenazados. La institución, al quitarle libertad, la igualaba y homogeneizaba con el resto de las internas. Pero frente a esto, su única forma de sobrevivir fue buscando factores diferenciadores. El color claro de su piel, el ritmo de su voz y sus expresiones, la encasillaron rápidamente en una clase que la resguardaba. Luciana comprendió que su nacionalidad podía salvarla. De esta forma, el hecho de asumir un rol la hizo apoderarse de un discurso explicativo que le dio sentido a su nueva vida, que la salvó de la absorción de la masa, la rescató de ser tragada y mutilada por la institucionalización carcelaria.

Tras meses en prisión, el sujeto privado de libertad modifica su identidad, se apega y conoce patrones de relación que antes eran desconocidos. La nueva identidad se va consolidando en la medida en que va siendo útil para la adaptación al nuevo medio; Pero cuando ésta ya no cumple su objetivo tendrá que modificarse nuevamente. Luciana, por tanto, se identifica con un nuevo relato sobre sí misma: ser extranjera, llamativa… ruidosa al igual que sus compatriotas.

Al parecer, la estructura carcelaria, con sus grandes paredes, su exceso de rejas y su falta de luz, priva de libertad pero no logra mutilar al sujeto. La institución total que plantea Goffman no está homogeneizando al sujeto, sino que lo está reinventando; la cárcel está encerrando a «los estigmatizados» y los está modelando para que sean aún mas «estigmatizados». Está recreando, traspasando, educando a la población, construyendo identidades más violentas, más denigradas, más desiguales y más temerosas.

Cuando construimos este tipo de identidades -desiguales y temerosas- nos hacemos más vergonzosos y cometemos menos fracasos. Así los fracasados quedan encerrados, mientras nosotros estamos libres porque no nos equivocamos. Y cuando construimos centros penitenciarios que fracasan, construimos también una sociedad fracasada, donde no nos hacemos vulnerables ni estamos dispuestos a acercarnos a los desconocidos.

[1] Goffman, E., (1963). Estigma. La identidad deteriorada.

* María Belén es psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en el Hogar de Cristo y brinda atención psicológica a extranjeras privadas de libertad del Centro de Detención Penienciario de San Joaquín.

 

Psicóloga de la Universidad Alberto Hurtado. Trabaja en Hogar de Cristo. Vicepresidenta Apostólica de CVX Jovenes Santiago.

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