Índice de Desarrollo ¿Humano?

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La semana recién pasada los medios de comunicación publicaron una noticia positiva para Chile: el último Informe de Desarrollo Humano del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo)[1] mostró que el país tiene la mejor calidad de vida en Latinoamérica. Esto se traduce en que la esperanza de vida, la tasa de escolaridad en adultos y el ingreso nacional bruto per cápita han ido en aumento en las últimas décadas y nos han posicionado como un país con un Índice de Desarrollo Humano (IDH) mayor al del resto de los países de la región. ¿Debiéramos sentirnos orgullosos? Puede ser, ya que nos estamos mostrando exitosos en el panorama internacional. ¿Pero debemos sentirnos tranquilos? No. Aún tenemos muchas deudas pendientes que como país no hemos sido capaces de abordar.

Lo paradójico es que este mismo Informe no sólo muestra este ranking, sino que también incluye uno que mide los niveles de desigualdad de los países, combinando distribución de ingreso, salud y educación. Si se combina este ranking con el anterior, caemos varios puntos en la tabla de clasificación general. ¿La razón principal? Nuestra injusta distribución de los ingresos. Pero en las noticias lo que se destaca es el IDH, sin incluir la desigualdad. No nos conviene, ésa no es la imagen país que queremos mostrar.

A esta altura ya nos resulta lógico diferenciarnos de la región por nuestros éxitos económicos o por los buenos resultados que han tenido algunas políticas públicas. Lo más preocupante es que también nos parece lógico obsesionarnos con estos atributos, haciéndonos, con ello, ciegos frente a la “otra” realidad de nuestro país.

Sí, es importante ver cómo estamos en comparación a otros. Sí, es importante ver cómo hemos evolucionado en estas últimas décadas. Pero más importante aún es que no sólo la clase política, sino que la sociedad en su conjunto se vuelque a ver cómo solucionar nuestras deudas pendientes, ésas que hacen que seamos de los países más desiguales del mundo.

De una vez por todas, mostrémonos orgullosos de los avances, pero preocupados por lo que falta. Dejemos de enceguecernos con esa mirada exitosa que nos posiciona de buena manera en los rankings. Dejemos de mostrarnos ciegos frente a las injusticias que se comenten día a día con muchos de los chilenos a los que estos números aún no les hacen sentido, porque su calidad de vida no ha mejorado, a pesar de lo que las cifras muestran.

Hemos sido hábiles en esconder nuestras pifias como país y mostrarnos de la mejor manera a nivel internacional. Hemos sido hábiles en compararnos con otros países de Latinoamérica, en mostrarnos como un país desarrollado, como si el desarrollo sólo dependiera del crecimiento económico. Parecemos exitosos, parecemos una sociedad que crece y se desarrolla sin parar, pero seguimos ratificando que la población chilena se diferencia por su ingreso.

La desigualdad pasa a ser un tema relevante para entender las actuales demandas ciudadanas. El problema es que la economía neoliberal, en su afán de ponerle precio a todo, ha dejado en un segundo plano a las personas. Cuando el mercado es el que regula la vida social hay un problema. Y con la desigualdad eso es lo que pasa, ya que se muestra que estamos creciendo, y, mientras las cifras sean positivas para el país, deja de ser relevante los problemas que esto acarrea.

Se ha mostrado que existe relación entre crecimiento económico y desigualdad; es decir, mientras más crece el país, más se enriquece un grupo de personas, aumentando la brecha de ingresos con respecto al resto de la población. Este tipo de afirmaciones no debieran dejarse pasar. Los gobiernos debieran tener entre sus prioridades disminuir las brechas, y aunque en el discurso sea así, se argumenta que es un problema estructural de difícil solución. El problema es que Chile no tendrá un crecimiento sostenible hasta que se generan cambios sustantivos en la materia. Acá está uno de los grandes desafíos del país, ya que la desigualdad no es sólo un problema económico, relacionado a la distribución de ingresos, sino que es un problema social, que excluye a un amplio grupo de la población del desarrollo económico del país, generando no sólo brechas educacionales, de salud y culturales, sino que atacando directamente la riqueza propia de las personas.

Si no somos capaces de materializar las propuestas en cambios reales, seremos incapaces de superar las deudas que tenemos como país. El “chilean way” debe ser más que mostrarnos en los primeros lugares de los rankings; sobre todo si es que nuestra preocupación de fondo es el desarrollo de las personas, y no el de una economía que con sus índices de aparente éxito esconde las gruesas tareas que hoy y no mañana todo Chile tiene que mirar.

* Javiera es socióloga de la UAH, estudiante del magíster en Ética Social y Desarrollo Humano de la misma universidad. Trabaja en el Centro Teológico Manuel Larraín y fue directora del Centro de Investigación Social de Un Techo para Chile.


[1] Disponible en http://hdr.undp.org/en/media/HDR_2011_ES_Complete.pdf

Socióloga de la UAH, Magíster (c) en Etica Social y Desarrollo Humano de la misma universidad. Es Directora Ejecutiva de la Fundación Lealtad Chile y fue directora del Centro de Investigación Social de Un Techo para Chile.

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