¿Malditos de nacimiento?

colores de las mariposas

El circo de las mariposas.

El cortometraje “El Circo de las Mariposas”, dirigido por Joshua Weigel, muestra un maravilloso triunfo de superación y autoestima, en el que el personaje principal, Will, logra “abrir sus alas” y “salir del capullo” en el cual se encontraba. La producción da cuenta de una realidad en la que la vida de las personas estaba determinada por sus lugares de origen, o castigada por lo “distinto” que podía llegar a ser un personaje del resto. En este caso, Will no tenía extremidades; era un maldito de nacimiento.

La historia no me deja indiferente. Me hace pensar en mi lugar de trabajo: un colegio en el cual todos los días veo a jóvenes que sienten que no tienen oportunidades en la vida. “Sobreviven” sin deseos, sin sueños ni expectativas; sin ganas de vivir, ya que han nacido en un lugar vulnerable donde la opción de vida es simplemente pararse y perderse en las esquinas. En el cortometraje, ellos serían los malditos de la sociedad, los que no merecen ser escuchados ni reconocidos como personas por el resto. Estos alumnos no tienen brazos ni piernas, porque continuamente están siendo juzgados por ser distintos, flaites, cumas, patos malos, choros, drogadictos, etc. Y lo peor es que esta “diferencia” ellos mismos la han aceptado.

Para la Real Academia Española el término sobrevivir significa «vivir con escasos medios o en condiciones adversas. Sobrevivía con limosnas». El contexto de estos jóvenes calza perfecto con la definición. Ellos viven en un mundo desfavorable y bajo condiciones adversas. Efectivamente, sobreviven con lo mínimo. Sus preocupaciones pasan por volver a sus casas sin recibir algún disparo, o evitar caer en la trampa de que algún drogadicto los conduzca hacia alguna acción de la cual probablemente se arrepentirán.

Sin embargo, la sobrevivencia tiene un carácter positivo, ya que también significa que alguien se esfuerza por vivir. Los sueños son los que mueven nuestra vida, y el problema aquí no es lo que se desea, sino el trayecto que se debe recorrer para terminar el camino propuesto. Como el Transantiago, mis alumnos no saben a qué hora o cuándo pasará, si tendrán que subirse por la puerta de atrás, o si tendrán que enfrentarse a los encargados del control de evasión.

Un estudiante de tercero medio me dijo hace unos días: “Profe, yo sueño que seré un ingeniero comercial”. Le respondí lo mucho que me alegraba por él, y me respondió: “Pero tengo un problema, soy de Recoleta. Acá no tengo otra alternativa que ir a trabajar a un McDonald’s o a un Burger King haciendo aseo, o entregando la comida”. Otra alumna de cuarto medio me confesó: “Profesor, yo estoy segura de que algún día seré una educadora de párvulos, pero me da miedo ir a la universidad y decir que soy de La Pincoya, porque usted sabe que no tenemos buena fama. Aunque algunos queramos hacer bien las cosas y salir de donde estamos encasillados, hay mucho prejuicio afuera”.

Estos jóvenes se encuentran en un laberinto que no revela fácilmente su salida. Resulta fácil perderse o quedarse vagando en uno de los caminos. Resulta fácil pararse en las esquinas.

¿Malditos de nacimiento? ¿Por qué? ¿Cuál es la culpa de estas personas que han nacido en un lugar con escasas o nulas oportunidades? ¿Acaso quienes nacen en familias acomodadas están bendecidos? No digo que ellos tengan la culpa, pero no estoy dispuesto a seguir escuchando quejas de mis alumnos. No me interesa que sigan hundiéndose como lo están haciendo hasta ahora. Muchas veces, como sociedad, los miramos como extraños, como los que están en exhibición, los que no tienen brazos ni piernas. Personas que de algún modo, “se creen el cuento” de que están malditas y que no tienen nada que hacer, más que perderse en el laberinto sin salida del que sólo algunos logran escapar.

Para que exista un marginado, debe existir también un marginador. Es necesario que echemos un vistazo a personas como el Sr. Méndez -otro personaje del cortometraje- quien dice: “La belleza puede venir de las cenizas”. Porque no me cabe duda que dentro de esos flaites, cumas, patos malos y drogadictos, hay personas que necesitan de todos nosotros para lograr descubrir su belleza interna; belleza que toda persona posee, y que no necesita ni debe estar oculta en un capullo, sino que debe extender su alas y mostrarse al mundo tal como es; como Will lo hizo, sin piernas ni brazos.

* Antonio Fuentes Mahncke es estudiante de Pedagogía en Religión en el Instituto Catequístico de la Universidad Católica, y trabaja en el Colegio Avenida Recoleta ELAR.

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