Mi opción por los pobres

libbDurante el Concilio Vaticano II, la Iglesia latinoamericana estuvo muy atenta a las ideas que allí se desarrollaron, haciendo suyo el llamado a observar y discernir a partir de los “signos de los tiempos”. De esta manera, desde su contexto particular y releyendo los documentos, los obispos de la región comprendieron rápidamente que la presencia de Dios destacaba en la realidad de los más pobres. La Iglesia encuentra en ellos el mayor «signo de los tiempos», y reconoce una instancia para su misión liberadora: una opción preferencial por ellos.

En este contexto nace la Teología de la Liberación. Su primer paso es la toma de consciencia de la realidad latinoamericana. Luego, la observación de una estructura social arraigada que favorece el desarrollo y riqueza de una minoría a expensas del subdesarrollo y pobreza de una mayoría. Así, se hace necesario atacar la raíz del problema y, por tanto, transformar las estructuras sociales establecidas. Pero se instala, además, un problema religioso, pues se ha enraizado la imagen de un Dios opresor que está validando esta injusticia. El modo en que se está viviendo la religión está avalando una realidad de opresión y muerte. La Teología de la Liberación nos pregunta sobre el Dios en que creemos y busca reivindicar su imagen como un Dios liberador. Un cambio de estructuras y preconcepciones desordenadas sólo será posible a través de una liberación del ser humano, es decir, a través de una opción preferencial por los pobres. Ahora bien, ¿qué significa esto en lo concreto? ¿Qué implicancias tiene una opción como ésta en mi propia vida?

El llamado de la Teología de la Liberación que la Iglesia Universal ha acogido es a entrar en la vida de los pobres. La pregunta que debemos hacernos es si eso es posible con la vida que llevamos y, con ello, cuáles serían los cambios necesarios para que ocurriera. Una opción por los pobres implica decisiones radicales; es un camino de sacrificio y renuncia, pero es también una opción cuyos motores son el amor y la solidaridad. Se trata de la experiencia de amar a otros así como Dios nos ha amado en primer lugar. El punto de partida es el amor gratuito de Dios, y la opción por los pobres es una respuesta de gratitud a ese regalo que hemos recibido. Se trata de establecer una verdadera relación, en la cual está implicado todo el ser y en donde hay mucho que perder. Sin duda, sería más fácil relacionarnos con los pobres desde una situación de superioridad, donde el ser no esté juego. Pero solo habrá liberación allí donde exista un compromiso vital, donde los sufrimientos y las alegrías sean compartidos, donde se establezca una verdadera relación de amor.

El llamado es a establecer una relación de amor con los pobres, para no estar comprometidos con una abstracción, una clase social, sino que con nombres y apellidos.

La liberación humana toma lugar en ambas partes de la relación: no solo los pobres son liberados de las opresiones que no permiten el florecimiento de su humanidad, sino también son humanizados aquéllos que van al encuentro. Hay dos reestructuraciones. Una, cuando quien es pobre experimenta el verdadero amor de otro ser humano que viene a reivindicar su humanidad. El amor gratuito libera, y experimentar que hay otro que me ama independiente de mis méritos y virtudes, salva. Desde ese momento, aquéllos que han sido marginados tienen una nueva apreciación de sí mismos, porque su experiencia los conecta con aquello que significa ser amado y preferido por Dios. Eso lo cambia todo. En términos teológicos, los pobres son liberados cuando toman consciencia de que Dios los ama preferentemente y cuando comprenden que su situación no es lo que Dios desea para ellos.

Muchas veces lo que puede paralizar a una persona es la comprensión de su vida como una consecuencia de la voluntad de Dios. Si una particular situación de pobreza y marginalidad es interpretada como la voluntad de Dios, entonces se vuelve muy difícil salir de ahí. La verdadera  liberación tendrá lugar cuando se comuniquen y se transformen las verdaderas causas de la pobreza -estructuras económicas y sociales de tipo malignas-[1].

La segunda reestructuración y humanización ocurre en aquél que va al encuentro del pobre. Si es que hay un compromiso real, la vida completa se verá remodelada. Una opción preferencial por los pobres, para la Teología de la Liberación, se traduce en ser pobre. Pero, ¿cómo entender esta noción de pobreza para que no sea contradictoria con la pobreza que la Teología de la Liberación condena y busca erradicar? Gustavo Gutiérrez hace la distinción entre pobreza material y pobreza espiritual. La primera, es aquélla que podemos ver y tocar, la ausencia de bienes materiales y necesidades básicas, aquélla que no es deseada por Dios. La pobreza espiritual, en cambio, es la disposición a hacer la voluntad de Dios; se trata de un cierto desapego, dejar todo atrás y sólo esperar en Dios. El llamado es a ser lo menos de nuestra sociedad, compartir nuestro lugar con los que no son oídos y que no tienen voz. Se nos llama a cambiar nuestra manera de actuar y pensar, para así poder entender y estar más cerca de ellos. La Teología de la Liberación reconoce un privilegio hermenéutico de los pobres. Es decir, por el contexto de marginación en que viven, los pobres acceden a una verdad a la que el rico no puede acceder.

Aquél que no es pobre descubre al Dios liberador a través de los pobres, porque son ellos quienes comprenden la profundidad del mensaje de Jesús.

Hace unos meses tuve el privilegio de conocer a Jon Sobrino, en un curso que dictó en una universidad de Estados Unidos. Cuando finalizó, el ambiente era de desconcierto, frustración e incertidumbre. Los que veníamos a resolver preguntas, salimos remecidos y cargados de aún más dudas. “¿Y ahora qué?”. Desesperadamente, antes de perder la última oportunidad de preguntar, cada uno comenzó a contar su propio caso: “Yo vivo aquí, trabajo allá… ¿es eso suficiente? ¿Una opción preferencial por los pobres me exige más que eso?”. Todos en cierta manera buscábamos su aprobación. Sobrino simplemente respondió: “Ahora empieza su discernimiento personal”.

Me parece que ésa es justamente la invitación que nos hace la Iglesia hoy: discernir cómo se traduce en mi propia vida una opción preferencial por los pobres, cuáles son las decisiones que tengo que tomar. El llamado es a establecer una relación de amor con los pobres, para no estar comprometidos con una abstracción, una clase social, sino que con nombres y apellidos. Y eso va a implicar cambios. Por eso Gustavo Gutiérrez sostiene que debemos cambiar nuestras concepciones más arraigadas. No basta con salir de nuestras casas y ayudar a quienes están en situación de pobreza, sino que es necesario “cambiar nuestro lugar de residencia, y no necesariamente en un sentido geográfico”. Se trata de salir del propio ámbito y entrar a un mundo distinto. Y ese es un camino personal y único, no hay modelos predeterminados ni patrones a seguir.  La invitación es a lanzarse a ese plan.



[1] Es importante señalar que esta opción preferencial debe ser tomada por todos, por lo tanto también atañe a los pobres. Los pobres deben hacer una opción por ellos mismos y por los demás pobres; no pueden permitir dejarse seducir por los valores de los poderosos. En definitiva, los pobres también optan, no son sólo sujetos pasivos de la liberación.

* Valentina es chilena y estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Actualmente cursa un Master en Teología en la Universidad Boston College, de Estados Unidos.

Chilena, estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Cursa un Master en Teología en la Universidad Boston College, USA.

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