Migración, voz que grita en el desierto

migraccHace tiempo vengo pensando que la migración latinoamericana hacia los Estados Unidos es un fenómeno que define nuestra época. A diferencia del Internet, las redes sociales, los medios masivos de comunicación o las tecnologías de información -que están ya metidas hasta los huesos en nuestra manera de relacionarnos y de vivir como sociedad-, la migración es una especie de ámpula social que no queremos mirar y mucho menos atender. Nos duele mirárnosla; y lo digo así, como nuestra, porque la traemos con nosotros aunque no la queramos ver. Está incorporada en cada uno, la pensamos, la padecemos, la evitamos. Es la incomodidad en el cuerpo, esa fealdad que disimulamos frente al espejo, la verruga que nos ocultamos con el cabello, la cicatriz que maquillamos, el sobrepeso que escondemos con camisas de cuadros, el rincón sucio de la casa, el pariente incómodo que no queremos que nadie conozca.

¡Mejor metámonos a Facebook para olvidarnos un rato de estos asuntos!

Aunque de manera anónima, creo que la migración define nuestra época porque mueve al mundo. Mueve su eje. Desestabiliza la cultura, la política, la religión, la economía, y la sociedad de nuestro tiempo y continente. Hondureños y salvadoreños se reconocen con las mismas raíces históricas y los mismos problemas socio-estructurales. Mexicanos y guatemaltecos animan el comercio y levantan las viviendas, los templos y las plazas públicas de sus pueblos de origen, mediante el envío de divisas. Nicaragüenses que venden todo lo que tienen para apostarlo a un viaje que les promete (¿o engaña?) una mejor calidad de vida para ellos y sus familias.

La migración pone el dedo en la llaga y es la llaga misma. Ella nos recuerda que el dolor lo padecen seres humanos y que nuestra sociedad, que valora la asepsia y el éxito personal, está caducando. Urge enderezar nuestros senderos.

Sin embargo, creo que, sobre todo, el fenómeno de la migración es una voz profética. Cada migrante que soporta el frío al viajar en La Bestia (el tren que recorre México de sur a norte), que pasa semanas de hambre y angustia, que es sometido y violado por el crimen organizado, por la corrupción judicial y la negligencia gubernamental, que es asesinado y borrado de la historia y de la geografía, cada uno de esos hombres, mujeres embarazadas y niños obligados a migrar, a vivir ese infierno para alcanzar la paz, cada uno de ellos, repito, es un grito profético que cuestiona nuestra fe, nuestro sistema económico, nuestro hábito de consumo, nuestro individualismo, nuestros valores, nuestro paso por este mundo. La migración y la mirada que se niega a dejarse afectar por ella son el más claro ejemplo de que este mundo está sufriendo dolores de parto. El profeta nos incomoda, nos desinstala, sabemos que dice la verdad, pero lo odiamos porque esa verdad nos obliga a desprendernos de lo que más valoramos, sin saber que ese valor es el origen de todos nuestros desórdenes. La migración pone el dedo en la llaga y es la llaga misma. Ella nos recuerda que el dolor lo padecen seres humanos y que nuestra sociedad, que valora la asepsia y el éxito personal, está caducando. Urge enderezar nuestros senderos.

¿A dónde va el migrante? Va a trabajar. No lo hace en su país porque ahí no cuenta con las condiciones para hacerlo. Nadie quiere migrar, pero la mano invisible que los tiene agarrados del cuello los obliga a partir antes de ser asfixiados. El migrante es profeta, y como a buen profeta es mejor matarlo.

La migración define nuestra época ya que es la voz que grita en el desierto. Y tiene que ser una voz fuerte para que llene la vastedad de este territorio, para que rompa los oídos sordos y sane las manos tullidas de políticos corruptos y ciudadanos apáticos. A esos hilos de voz que son cada migrante, como garganta desgarrada por el grito, necesitamos agradecerles y abrazarlos, hacer algo por ellos (y por nosotros) y dejar de hacer lo que creemos más valioso para dejar de ser engranajes de una sociedad indiferente, pulcra, que aspira a vivir en lo color de rosa. Al mirarnos esa ámpula y tocárnosla nos sanaremos. Y sabremos reconocer que esos muertos y desaparecidos, migrantes todos e hijos de Dios, fueron el motivo del cambio que nuestra sociedad latinoamericana tanto necesitaba.

* Juan Pablo es estudiante jesuita mexicano. Actualmente realiza su magisterio en el Equipo de Vocaciones de ese país y acompaña a los jóvenes del Voluntariado Jesuita.

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