Nuestro baile de máscaras

(cc) 4lexandre

Carl Gustav Jung aseguraba que dentro de nosotros existe la “Máscara”: Algo así como las “apariencias” de nuestro ser. Una imagen inconsciente, construida sobre la base de deseos, temores profundos, y la manera como éstos se ven influidos por el contexto en el que vivimos. Así, la “máscara” puede variar según las personas y las situaciones con las que nos enfrentamos cotidianamente, influyendo en la forma como nos presentamos ante el otro.

Cuando nos quitamos -o nos quitan- la máscara, queda al desnudo nuestro verdadero rostro; lo que realmente somos. Nos vemos obligados a lidiar con eso y con la reacción de quienes nos miran. Aparece entonces el temor al rechazo, o a las represalias; un temor que nos paraliza, sobre todo en un mundo en que la imagen es tan importante.

Pero quitarse la máscara genera también movimientos en la persona que nos está mirando, quien se debe enfrentar a la pérdida de la imagen que, cómoda o no, se había construido de la persona desenmascarada.

Situaciones como las que estamos viviendo como Iglesia en estos últimos años, son reflejo claro de este juego de imágenes.

Se han quebrado las máscaras de sacerdotes, religiosas y religiosos, dejando al descubierto sus pecados y miseria. Por otro lado, ha habido quienes, con valentía, han retirado sus máscaras para exponer su dolor y la fragilidad propia de aquél que ha sido vulnerado en lo más profundo de su ser. Lo uno o lo otro no nos deja indiferentes.

Ha cambiado nuestra forma de ver a dichas personas y a las instituciones que representan, surgiendo con ello miedos que nos conectan con lo propio, que nos hacen vulnerables. Aparecen sentimientos y estructuras sociales como el clericalismo, o el rechazo a la Iglesia, que, de alguna forma, son constituyentes de nuestras propias máscaras, y que suscitan todo tipo de reacciones, como las de aquéllos que atacan a otros para evitar que su propia máscara se quiebre, intentando silenciar a las víctimas. Incluso algunos han apretado aún más el cordón que sostiene su careta, encerrándose en sí mismos y excluyendo a todo el que piensa distinto.

Que se transparente lo que se oculta detrás de la máscara nunca es fácil, sobre todo si el mundo en que vivimos nos repleta de imágenes ideales desde que somos pequeños, llenándonos de temores paralizantes. Quitar la propia máscara o la del prójimo es y va a ser siempre un riesgo, porque en muchos casos resulta más seguro quedarse oculto tras imágenes que el mundo no juzga, que no generan ruido ni movimientos.

En este tiempo de Cuaresma, nos preparamos a celebrar el misterio de aquél que prefirió arriesgarse antes que renunciar a los deseos del Padre. Jesús era consciente de las imágenes que otros tenían de él, del poder que le daban o de las consecuencias que tales imágenes le podían traer; sin embargo, ignorándolas, prefirió morir en cruz como el más grande de los fracasados. Él supo vivir la vida no en función de una imagen propia, o de las que otros tenían de su persona, sino de lo que sus hermanos necesitaban para vivir plenamente.

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