¿Quiénes son los Juanes de hoy?

(cc) Raaf

Con esta pregunta no me estoy refiriendo al famoso cantante de música pop colombiano, sino a San Juan Bautista, cuya fiesta celebramos el pasado domingo. La llegada milagrosa de este hijo inesperado a una anciana madre sirvió para anunciar al pueblo de Dios su inminente salvación.  Juan no vivió por sí mismo, sino que dejó de lado sus propios planes y ambiciones para entregar su vida entera por Aquél que había de venir. Aunque este acontecimiento ocurrió hace más de dos milenios, en los tiempos más recientes ha habido otros Juanes que han llevado un mensaje de esperanza a un mundo que sufre.

En Hawai, mi tierra natal, hay dos grandes ejemplos: ambos se dedicaron al cuidado de los que sufrían de una de las enfermedades más temidas y malentendidas de todos los tiempos: la lepra. San Damián de Molokai, sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María, viajó el siglo XIX desde Bélgica a Hawai para que estos enfermos rechazados por la sociedad y obligados a vivir en cuarentena el resto de sus días pudieran conocer la buena nueva de Cristo. De igual manera, Beata Mariana Cope, oriunda de Alemania y criada en el estado de Nueva York, abandonó los honores del mundo y su puesto de madre superiora de su congregación religiosa franciscana, para vivir en un exilio voluntario con estos mismos pacientes de lepra y continuar así la labor que había comenzado San Damián.

Estos dos religiosos vivieron una humildad plena que permitía que la luz de Cristo brillara en torno a ellos. Mariana hacía todo lo posible para evitar la atención de la prensa y huía de las cámaras. San Damián, por su parte, se alegraba cuando por fin lo diagnosticaron con la lepra, ya que su deseo era convertirse en uno más de aquellos sufrientes. San Ignacio lo señala en los Ejercicios Espirituales como la tercera manera de humildad: querer y elegir más “pobreza con Cristo pobre que riqueza, oprobios con Cristo lleno de ellos que honores, y desear más ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo”.

Efectivamente, ellos vivieron una pobreza tanto material como espiritual en aquel lugar aislado donde iban condenados a vivir los que sufrían de la lepra. San Damián recibía innumerables oprobios de la gente cuando se contagió, y Beata Mariana fue tenida por loca por sus superioras ante la insistencia de seguir su misión, a pesar de las muchas contrariedades y peligros que ésta enfrentaba. Ellos seguían los pasos de aquel loco San Juan Bautista, que comía langostas y miel, y se vestía de pieles, recibiendo sin duda los oprobios de la gente.

Al igual que Juan Bautista, la entrega de estos dos Juanes en Hawai consistió en abandonarse a la voluntad de Dios. Ni San Damián ni Beata Mariana se quedaban sumisos ante la indiferencia de los políticos, ni se dejaban perturbar por los miedos -a veces exagerados- de sus superiores. Beata Mariana no permitía que los críticos desprestigiaran el honor de sus hermanas religiosas, y San Damián no cesaba de defender la dignidad de los que sufrían de la lepra. Su afán por dar testimonio de Cristo no permitía que se quedaran callados, y su fe les dio el valor para enfrentar las consecuencias de sus denuncias y afirmaciones.

Mariana y Damián no vivieron para sí mismos, sino para anunciar a Aquél que vendría “para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lucas 1:79).  ¿Quiénes son los Juanes de hoy, en medio de nuestro mundo lleno de injusticias y egoísmos, dispuestos a proclamar la buena nueva de Cristo y su mensaje de esperanza? Quizás valdría la pena preguntarse, ¿por qué motivo entregaría yo mi vida por los demás, como San Juan?  O mejor dicho, ¿por quién entregaría mi vida?

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