Una verdad eterna

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«Ascending and descending», M. C. Escher.

Para los que vivimos en el siglo XXI, experimentando grandes avances y vertiginosos cambios cada día, nos puede resultar difícil comprometernos con la idea de una verdad eterna. La palabra nos suena demasiado rígida e intransigente para responder adecuadamente a los últimos descubrimientos de la ciencia. Solemos buscar una verdad más “moderna”, que se adapte a la moda y que sea capaz de aceptar excepciones según nuestro parecer.

Una verdad así de flexible nos facilita las relaciones con el resto, ya que no nos obliga a dar explicaciones de lo que creemos, lo que nos permite aceptar cualquier creencia con la misma validez que la nuestra. Debemos estar de acuerdo con el resto para que nunca nos puedan tachar de ignorantes o intolerantes por lo que profesamos. Incluso, la palabra profesar no figuraría en nuestro vocabulario por ser muy «definitiva».

En cambio, la verdad de Dios sí es eterna y se resume en Cristo, del cual se ha dicho: Cristo Jesús permanece hoy como ayer y por la eternidad (Hebreos 13:8). Una verdad en la que podemos confiar, que no cambia con los vaivenes de la moda ni con los hallazgos de los expertos. Al mismo tiempo, es una verdad que exige compromiso, porque implica formar una relación con una persona y no con una simple teoría.

El sábado pasado tuve la dicha de presenciar la profesión de votos perpetuos, es decir eternos, de castidad, pobreza y obediencia de dos novicios jesuitas en San Pablo, Minnesota, EE.UU. Estos dos jóvenes no se comprometieron con un ideal, sino que hicieron juramento con una persona que se ha vuelto cada vez más importante en sus vidas: Jesucristo. A pesar de la duda y de la incertidumbre humana, estuvieron dispuestos a poner toda su confianza en Él.

Se cuenta que una vez un seminarista joven de la India le pidió a la Beata Teresa de Calcuta que orara para que él tuviera claridad en su discernimiento vocacional. Ella le respondió que no le pediría a Dios que le diera claridad, sino confianza. La Madre Teresa le explicó que efectivamente era la confianza en Dios, y no la claridad, la que le había permitido a ella vivir su vida a plenitud como religiosa, a pesar de sus inquietudes.

Sin lugar a dudas es mucho más fácil contar con una verdad flexible que se ajuste a los gustos de cada cual. Pero si nos dejamos llevar por la corriente de esa manera, es muy fácil también que lleguemos a perder el norte. Creo que, en el fondo, todos buscamos una verdad eterna, una verdad que perdure en el tiempo, y en la cual podamos poner toda nuestra confianza. Para nosotros, los cristianos, esta verdad cristaliza en Cristo y la encontramos al formar una relación personal con Él. Si nos disponemos a crear esta unión, tenemos que abrirnos a la posibilidad de hacer líos, como dijo el Papa Francisco a los jóvenes en Brasil, porque cuando estamos junto a Cristo, no podemos callar ni ignorar esta verdad que es eterna. Nos sentimos obligados a gritarla por las calles y a vivirla a plenitud en nuestras vidas.

En el día a día, esto implica que la relación que hayamos establecido con Cristo, se vería reflejada en nuestro pensar y obrar en todo momento. El amor de Cristo se transmitiría en cada gesto y palabra en nuestro trato con los demás, aun cuando nos toca decir algo que va en contra de la moda. Como verdad eterna, esta relación con Jesús no nos permitiría claudicar ante la opinión popular, porque no se trata de algo que solo profesamos, sino que es una verdad que se vive y nos transforma por completo.

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