¿Y si no estamos de acuerdo?

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A partir de la carta de los líderes cristianos al gobierno, de la columna de monseñor Ezzati publicada en el diario La Tercera, y en el contexto de la próxima celebración de los 50 años del Concilio Vaticano II, quisiera hacer una reflexión acerca de la situación de nuestra Iglesia.

Desde hace mucho tiempo los católicos hemos vivido en tensión frente a nuestro ser Iglesia. Por un lado, los textos bíblicos nos inspiran con el ideal de las primeras comunidades en que “todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía” (Hch 4, 32). Por otro lado, existe la imagen de una Iglesia en que la jerarquía es la que define ese “pensar y sentir”.

Por otra parte, ante la disonancia entre lo que somos y lo que queremos ser, hay quienes buscan respuesta en la silenciosa sumisión a los ministros y pastores, otros que optan por no seguir todo lo que la jerarquía dice, y están también los que, no pudiendo soportar la tensión que produce el ser parte de la Iglesia, relativizan su fe con discursos del tipo: “soy católico pero no creo en la Iglesia”.

Ciertamente ser católico, en los tiempos que corren, no es algo fácil. El mundo de hoy provoca preguntas que quizás hace algunos años no nos habríamos hecho. Debates como el del Acuerdo de Vida en Pareja -que para los obispos católicos y para otros líderes cristianos no ha de llevarse a cabo-, para muchos católicos es fuente de serios cuestionamientos, al contrastar sus vivencias personales y cotidianas con lo que propone la doctrina. Las preguntas que surgen entonces: ¿qué hacemos con estas disonancias? ¿Es válido que no estemos de acuerdo con lo que la jerarquía señala? ¿Es legítimo que los católicos guarden silencio ante sus discrepancias, aun cuando pueden estar  viendo en éstas trazos del actuar de Dios en la cultura?

El Concilio Vaticano II nos propuso a todos la concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios, uno que “tiene por condición la dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo” (Lumen Gentium 9) y que “movido por la fe (…) procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios” (Gaudium et Spes 11). A partir de esta concepción, el Concilio nos invita a vivir la Iglesia en la igualdad dada por el bautismo a todos los fieles y en la cual la jerarquía está al servicio de la comunidad. Somos igualmente hijos de Dios, pero distintos de acuerdo a la función del carisma que a cada quién da el Espíritu para servir a la comunidad. Esta postura ciertamente nos invita y faculta a todos a hacernos cargo de la Iglesia, pero requiere también asumir nuestras diferencias y diversidad de perspectivas, y abrir la conversación entre fieles, consagrados y pastores, para poder así dialogar con el mundo.

El Concilio reconoce la dignidad e igualdad de todos los fieles y, a la vez, la relevancia de los distintos carismas para el cuerpo. En este sentido, creo que es fundamental que nuestra jerarquía se abra a un diálogo que, reconociendo dicha dignidad, incluya discursos disonantes a los que están más apegados a la doctrina y visiones distintas y complementarias como las que el resto de los fieles enfrentan día a día, a fin de elaborar un discurso realmente inclusivo. Son muchos los laicos y consagrados que pueden y quieren hacer aportes valiosos desde sus carismas, vocaciones y culturas particulares al diálogo entre la Iglesia y el mundo. Es justo y necesario que los pastores, junto con hacer declaraciones, inviten a debatir al resto de los fieles y, por qué no, a otros creyentes o no creyentes, a la hora de dialogar con la sociedad.

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